
El Premio Nobel de la Paz en la Universidad Católica, junto aDr. Rodolfo Rodríguez Castelo, Vicerrector Encargado. 09.04.1981
La primera organización social de promoción de Derechos Humanos en Guayaquil fue la Comisión de Amparo de los Derechos Humanos de la Universidad Católica Santiago de Guayaquil conformada en 1981 por resolución del H. Consejo Universitario.
La Comisión estuvo conformada por el Dr. Ramiro Larrea Santos, Presidente;Dr. Alberto Rigail Arosemena, Arq. Fernando Tapia Egüez, Padre Nestorio Álvarez Espinoza, Educ. de Párvulos Livia León Pareja, como vocales; y Fernando Balseca Franco, Secretario. El Dr. Rodolfo Rodriguez Castelo, se desempeñaba como Vicerrector Encargado del Rectorado
Presentamos el texto editorial del primer boletín informativo “Conciencia y Solidaridad” de la Comisión publicado en agosto de 1981 y el texto del discurso del Arq. Adolfo Perez Esquivel, Premio Nobel de la Paz 1980, pronunciado el 9 de abril de 1981 en el Aula Magna de la Universidad Católica Santiago de Guayaquil.
Además descargue los tres primero boletines informativos “Conciencia y Solidaridad” de la Comisión de Amparo de los Derechos Humanos.
Editorial
El primer pronunciamiento adoptado por la Comisión Permanente de Amparo de los Derechos Humanos, integrada este año por el H. Consejo Universitario de la Universidad Católica, ha sido promover la difusión de los principales instrumentos y declaraciones relacionadas con los derechos y libertades de que tratan de disfrutar los pueblos civilizados de hoy y que, a pesar de haber sido obtenidos tras siglos de lucha, son objeto de permanente y arbitraria negación en el mundo actual.
Consecuentes con este objetivo, es nuestro propósito realizar una publicación periódica que se inicia con este ejemplar y que aspira a ser un sencillo aporte en el proceso de creación
de una conciencia sincera sobre el significado de los Derechos Humanos, que sirva de base para asumir actitudes de firme solidaridad con quienes sufren la indigna e inhumana negación de sus derechos.
La Comisión Permanente de Amparo de los Derechos Humanos se ha empeñado, desde su creación, sin presiones ni tutelajes, en proclamar ante la comunidad universitaria y el país la defensa de los Derechos Humanos allí donde reina la explotación del hombre por el hombre, sea esta brutal o persuasiva; proclamar los Derechos Humanos allí donde, por efecto de las relaciones económicas basadas en la fuerza o el odio, los hombres se ven reducidos a la esclavitud y a la miseria; proclamar los Derechos Humanos allí donde la fuerza intenta impedir la libre determinación de los pueblos.
Porque es deber ineludible de nosotros, latinoamericanos; de nosotros, miembros de la comunidad universitaria católica, apoyar los derechos inalienables de los pobres a los bienes de la tierra; de los hambrientos, al pan; de los exiliados, al cobijamiento de la patria; de los perseguidos, a la igualdad y a la justicia de su causa.
Los Derechos Humanos han sido proclamados públicamente, pero las declaraciones oficiales no pueden quedar en simple retórica. Los derechos concretos, históricos, individuales y colectivos deben adquirir entraña en la conciencia de las personas y de los grupos sociales. Ese esfuerzo lo están realizando muchos pueblos latinoamericanos a través de experiencias dolorosas y patéticas.
La humanidad busca afanosamente la paz, pero ya nos decía hace pocos días Adolfo Pérez Esquivel que la paz es una acción dinámica y que, para que exista, son necesarias la justicia y la libertad, valores que a cada paso son negados, creando en el mundo actual inadmisibles tensiones y conflictos, cuya constatación hace expresar al Papa Juan Pablo II, en su mensaje pascual, sus saludos a:
"Todos los que viven en la ansiedad, en la tensión, en la amenaza; a los hombres y a los pueblos, en especial a los que tienen más necesidad de esta paz."
A los miembros de la Comisión nos asiste el firme convencimiento de que la comunidad universitaria profundizará la conciencia de lucha por la vigencia permanente de los Derechos Humanos como garantía cierta de una sólida convivencia social.
Difundir y defender los Derechos Humanos es identificarse con la búsqueda y realización de la verdad, la justicia y la paz.

Presentación de Adolfo Pérez Esquivel
Premio Nobel de la Paz 1980
En el Aula Magna de la Universidad Católica de Guayaquil
9 de abril de 1981
Queridos amigos:
Para mí es una alegría volver nuevamente a Guayaquil y quiero darles un fraterno saludo a cada uno de ustedes y, por su intermedio, a toda la ciudad de Guayaquil. Quiero agradecer a las autoridades de la Universidad esta invitación, con la cual me honran al permitirme estar con ustedes y compartir estos momentos.
Yo no voy a dar ninguna conferencia magistral. Dije recientemente algo: que vengo a compartir como un hermano latinoamericano que busca caminar junto a todos los pueblos de América Latina en su proceso de liberación.
Podríamos hablar de muchas cosas de América Latina, pero creo que el interés de ustedes surgirá a través del diálogo y de las preguntas que hagan. Sin embargo, me voy a referir brevemente a algo que para mí es importante; es la raíz de todo esto que nosotros estamos buscando: compartir el pan y la libertad junto a nuestros hermanos.
Es sobre esto que quiero hablarles: compartir el pan y la libertad con nuestros hermanos.
¿Quiénes son nuestros hermanos? Es un serio interrogante que debemos hacernos, porque muchas veces pasamos por el lado de nuestro hermano sin reconocerlo. Porque los hombres debemos reconocernos como personas, como hermanos y como hijos de Dios. Si anteponemos al hombre, a la persona humana, los intereses políticos, económicos, militares o ideológicos, el hombre pasa a ser un objeto y no un sujeto.
¿Cuántas veces pasamos al lado de nuestros hermanos sin reconocerlos? Y si no reconocemos a nuestro hermano, tampoco reconocemos a Cristo. Y creo que esta es una de las cosas que hacen que nos olvidemos del hombre; y cuando el hombre se olvida del hombre, no solo se olvida del hombre, sino que se olvida de Dios.
Por eso, la raíz de todos los males nace en el hecho de que el hombre se olvida del hombre.
Creo que debemos profundizar en este hermano, que es el que tenemos al lado, y también en los pueblos, que están integrados por nuestros hermanos y con quienes debemos caminar en su proceso de liberación.
Y hablamos de compartir la libertad; ese compartir lo hemos descubierto cuando sabemos compartir nuestras inquietudes, nuestras posibilidades, la ciencia, la cultura y las necesidades de las personas. ¿De qué vale que estudiemos mucho, que se formen técnicos, científicos y artistas, si no están al servicio del hombre? Muchas veces vemos cómo toda esa ciencia está contra el hombre y no a favor del hombre. Basta observar la situación del mundo actual, que vive sobre el filo del terror.

¿Quiénes construyen las armas? ¿Quiénes suprimen a los pueblos?
Debemos profundizar en aquellos que tienen toda su capacidad intelectual y científica y no la ponen al servicio del hombre, sino para dominarlo y oprimirlo. Debemos rescatar el sentido profundo del hermano, de compartir y luchar por la libertad; ese don preciado que Dios nos dio a todos, esa libertad que todo hombre y todo pueblo necesitan para ser verdaderamente hombres y pueblos. Sin libertad estamos a medio camino.
Necesitamos luchar por la libertad, y esa libertad implica compartir, participar y estar en comunión con nuestros hermanos.
Y en estos breves pensamientos que les comparto está también el pan. Debemos distribuir el pan. El pan es un símbolo profundo; es el fruto de la tierra que Nuestro Señor también nos dejó para ser su cuerpo y repartirlo a todo el mundo, para participar de su presencia.
Por eso, cuando hablamos de liberación, no hablamos de una liberación en una sola dimensión. No solo hablamos de la liberación de una sociedad en lo económico y en lo político; hablamos de una liberación integral del hombre, en lo espiritual y en lo social, porque somos seres integrales. No podemos hablar de una sola dimensión de esta realidad.
La liberación no es una cosa que está lejos; la liberación es un acto cotidiano, es ese acto que debemos realizar todos los días para liberarnos. Debemos luchar firmemente contra las injusticias para ser hombres libres. Debemos resistir las injusticias y hacerles frente con toda nuestra fuerza, sin claudicar ante ellas bajo ningún concepto, porque la paz únicamente es posible si es fruto de la verdad y de la justicia. Si no, no hay paz.
Para mí la paz no es una hermosa palabra; es algo mucho más profundo. Es el respeto al hermano; es el derecho a la libertad, el derecho al pan y el derecho a la vida.
Y aquí, cuando hablamos de derechos humanos, quiero referirme y profundizar desde qué perspectiva hablamos de ellos. Muchas veces se habla de derechos humanos únicamente en las situaciones extremas de violencia, como son las cárceles, las torturas, la represión y los desaparecidos; esos miles de desaparecidos que hay en mi tierra, que todavía dejan profundas heridas sin cicatrizar y por cuya superación seguimos luchando.
Pero también hablamos de derechos humanos en situaciones más profundas, en situaciones de injusticia estructural, de violencia estructural, de una sociedad que no responde a las necesidades del hombre.
Para mí se violan los derechos humanos cuando nuestros niños se mueren de hambre; cuando a nuestros niños no se les da educación ni los medios para la salud. Son violaciones de los derechos humanos cuando a nuestros indígenas no se les permite rescatar su identidad como pueblo, su lengua, su cultura, su arte, su expresión y su vida; cuando vemos que se está masacrando a miles de indígenas de nuestro continente.
También son violaciones de los derechos humanos cuando nuestros campesinos no tienen tierras, cuando se les oprime y se les margina por ser campesinos o por ser indígenas; cuando nuestros obreros no tienen viviendas dignas; cuando nuestros obreros no pueden criar a sus hijos como merecen; cuando no tienen salarios adecuados y son explotados por las fábricas.
Para mí no es que el obrero deba estar al servicio de la fábrica, sino la fábrica al servicio del obrero, porque el obrero es quien produce y es el ser humano; es nuestro hermano, es el hijo de Dios.
Por eso debemos revisar profundamente de qué estamos hablando cuando hablamos de derechos humanos; cuando no hay libertades sindicales ni libertades políticas; cuando no existe el derecho de aprender y de enseñar; es decir, todo aquello que hace a la vida de un pueblo.
Porque los pueblos tenemos nuestra identidad y debemos luchar para rescatarla y encontrar, como decía al comienzo, nuestro verdadero sentido vital; aquello que nos proyecta como pueblo, lo que nos da sentido como pueblo y lo que podemos compartir para superar las dominaciones.
Hace un rato mencionaba el comercio de las armas. Hablaba de los científicos y de los técnicos que las fabrican; pero también debemos hablar de los traficantes de la muerte, que venden armas para que un pueblo se destruya y destruya también a otro pueblo hermano.
Para mí es una seria preocupación la venta de armas que los países industrializados realizan a América Latina. Se están invirtiendo miles de millones de dólares y, con ello, se posterga el desarrollo de los pueblos.
Así vemos cómo proliferan los tugurios, las favelas, como las llaman en Brasil; las villas miseria, como las llamamos en Argentina; o las callampas, en Chile. Tienen distintos nombres, pero la miseria es una.
Y, sin embargo, cuando los gobiernos tienen que comprar armas invierten miles de millones de dólares.

¿Saben ustedes lo que cuesta un solo avión Mirage? Vale más de diez millones de dólares. ¡Cuánto podríamos hacer con ese dinero en escuelas, en salud y en el desarrollo de nuestros pueblos!
Si perdemos la dimensión del hombre, si perdemos la dignidad de los pueblos, nos quedamos con las manos vacías.
Muchas veces me pregunto qué mundo estamos construyendo para nuestros hijos y para los hijos de nuestros hijos. ¿Qué está ocurriendo con nuestros pueblos hermanos cuando echamos un vistazo a América Latina? ¿Qué está pasando con nuestro pueblo hermano de El Salvador, con la masacre y la miseria que está viviendo?
Mientras tanto, vemos que las grandes potencias siguen enviando armas, mientras los pueblos viven en una miseria absoluta, en la marginación y en una muerte que es un hecho cotidiano. Eso no es vivir; eso es sobrevivir. No se sabe si al día siguiente podrán volver a ver la luz del día.
Así nos ha ocurrido también a nosotros en Argentina, en mi tierra, cuando vemos a esas madres, a quienes yo prefiero llamar "madres coraje", que saben enfrentar todo esto con valor y dar respuestas concretas. Nosotros sufrimos también la desaparición de muchos niños, víctimas inocentes de esto que llaman la "guerra sucia". Para mí, todas las guerras son sucias.
Y me pregunto qué podemos hacer, qué hacemos los pueblos de América Latina para superar esta situación.
Fundamentalmente, veo que hay caminos. No solo quiero hablar del dolor, sino también de la esperanza, porque la esperanza es la fuerza que nos anima en la lucha. Y esta esperanza está viva en el pueblo de América Latina. América Latina es un continente puesto de pie; es un continente que va adquiriendo una conciencia crítica y que está dando respuestas.
Tenemos que vivir la esperanza y, para ello, es necesario conocernos como pueblos. Los pueblos de América Latina no nos conocemos; necesitamos acercarnos, comprender nuestros propios problemas, buscar nuestra identidad como pueblos y saber que unidos podemos hacer mucho, mientras que desunidos no podemos hacer nada.
Así vemos que los grandes intereses multinacionales impiden que los pueblos de América Latina puedan conocerse y crean conflictos de enfrentamiento de un pueblo contra otro.
Debemos analizar todo esto muy profundamente y con mucha serenidad, para saber quiénes son los verdaderos beneficiados de estas situaciones. Cuando vemos que esos traficantes de armas venden armamento a los países en conflicto, y lo venden a las dos partes por igual, comprendemos que están especulando con la guerra para que se maten entre pueblos hermanos.
Por eso debemos conocernos, buscar nuestra identidad y luchar por la dignidad de la persona humana.
Entonces, cuando hablamos de derechos humanos buscamos una dimensión mucho más amplia y más profunda. Como cristianos debemos asumir ese compromiso: el compromiso de reconocer en el prójimo el rostro de Nuestro Señor; ese compromiso y esa opción por los pobres, por los más pequeños y por los humildes; ese compromiso de transformar las estructuras de injusticia y aceptar el reto y el desafío de la historia.
Yo recuerdo muchas veces las palabras de ese gran luchador, Martin Luther King, quien, en la lucha junto a sus hermanos de raza negra, decía que a él no le dolía tanto la represión de los "malos" como el silencio de los "buenos".
¡Y cuántos "buenos" hay que son indiferentes! Que no asumen ningún compromiso y esperan que los demás solucionen los problemas.
Pero esta es una responsabilidad de todos. Si queremos la liberación, todos debemos luchar por la liberación; todos debemos unirnos para trabajar por la dignidad de la persona humana, en toda su dimensión espiritual y social.
Solo así el continente de América Latina alcanzará a construir una sociedad más justa y más humana para todos.
Muchas gracias por escucharme.
Estoy dispuesto a responder a las preguntas que quieran hacerme.
(Aplausos).