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Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos

RefugiadoPerseguido

 

 

Tiene 53 años. Nació en Nariño, Colombia, pero la violencia generada por los grupos armados lo obligó a abandonar su país. En el 2011 vino al Ecuador. Ingresó por San Lorenzo, Esmeraldas. Luego pasó a Guayaquil. Acá logró obtener el carné de refugiado e incluso posee una visa, pero lo que Marco (nombre protegido) nunca ha logrado es recuperar la paz. Paz, que perdió en su tierra natal, donde fue violentado por civiles armados vinculados a la banda Águilas Negras. Paz, que le es esquiva hoy en Guayaquil, donde es acosado por bandas delictivas que operan en el noroeste.

 

Cuando recuerda los momentos que experimentó mientras vivía en Colombia, lo primero que Marco comenta son las vivencias de los días en que cruzaba la frontera para jugar fútbol. Pero al poco tiempo, cuando comenzó a trabajar en su Nariño natal, fue testigo de cómo los “vacunadores” (extorsionadores que piden dinero a propietarios de negocios para dizque darles protección) exigían dinero a comerciantes.

 

Él, que junto a su hermano había montado un pequeño emprendimiento, no era la excepción. Así que los enfrentó: “En vez de ir para adelante, iba para atrás todo, porque exigían ‘vacunas’, hasta que en una ocasión me encontré con tres de ellos y los enfrenté. Le pregunté a mi hermano qué sucedía y uno de los delincuentes respondió: ‘Somos la autoridad’. Les dije identifíquense y uno me mostró un arma, le metí un manotón; otro me sacó un cuchillo, también lo enfrenté”, cuenta con indignación, porque no concebía tener que compartir la poca ganancia que le dejaba el negocio.

 

 

Extorsión y amenaza de muerte

 

Aquel incidente traería sus consecuencias, pues al poco tiempo, comenzaron a acosarlo. Hasta lo persiguieron y lo agarraron. Sucedió en Tumaco. Eran ocho civiles armados. Siete querían terminar con su vida, uno lo salvó. Lo había conocido, cuando él negociaba caña guadua y madera. Entonces, mientras uno decía: “No lo dejen ir”; otro refutaba: “Que se vaya, sí lo conozco”. Aquello era cierto –dice Marco– lo conocía, porque en algún momento hasta le había brindado comida. Pero después, otra vez lo asaltaron por segunda ocasión. Aquel día, los agresores llamaron a quien fungía de comandante y este le hizo devolver sus teléfonos celulares. Pero el temor por la agresión experimentada lo llevó a tomar la decisión de no volver al sitio.

 

Es más, el año 2011 dejó botado todo en Colombia:Me tocó dejar todo, mi casa, una finca. Le dije a mi hermano que si podía viera, porque me escapé durante una madrugada. Salí con lo poco que tenía. No le dije a nadie nada, sino que cogí una parte de la familia y le dije vámonos, porque me habían perseguido hasta la casa. Nadie les dio seña de mí, porque vivía ahí poco tiempo y no conocían dónde vivía”.

 

Marco ya vive 9 años en Guayaquil, adonde llegó después de que pidió ayuda a una amiga en San Lorenzo, Esmeraldas. Desde esa provincia lo guiaron para que en el Puerto Principal busque apoyo estatal. Acudió a las instalaciones del Ministerio de Relaciones Exteriores. “Allá di mis declaraciones y me dieron el carné de refugiado. También tengo la visa”, expresa con cierta satisfacción.

 

Hoy su tranquilidad en el aspecto de regularización tampoco es completa porque sus hijos de 22, 21 y 13 años, nacidos en Colombia, no tienen un documento que los acredite como refugiados. “No he podido sacar los papeles de ellos. Todos están estudiando, pero con los papeles colombianos. Casualmente una de ellas se graduó, pero porque no tiene la cédula ecuatoriana no ha podido tener el Acta de Grado”, comenta Marco, quien tiene una pareja de nacionalidad ecuatoriana.

 

 

Dos agresiones en Guayaquil

 

En su diálogo, el refugiado, también cuenta que ahora le preocupan las amenazas que ha sufrido en el sector donde vive, en el noroeste de Guayaquil. “Hay mucha inseguridad. Corremos mucho peligro, tanto mi familia como yo”, expresa. Incluso parte de su familia se ha visto obligada a salir del sector hacia otro sitio de la urbe, donde también hay inseguridad, pero algo más controlado.

 

En la zona donde él vive está viendo cómo han ido en aumento las extorsiones de los “vacunadores”. Tal como sucedía cuando vivía en Colombia, ahora ha debido enfrentar a ese tipo de agresores. Hace cinco meses, recuerda, sufrió el primer ataque. Dice que se enfrentó a un sujeto que llegó al emprendimiento que posee y violentó a una de sus hijas, a quien exigía que le diera gratis el producto que expende. “Después me encuentro a uno de ellos, y me dice: ‘Sí ves cómo pagas’. - ¿Pago qué?, respondí. A mí no me asusta eso, le dije, porque trabajo limpio. Así que haces el favor, y me vas respetando. ‘Vamos a seguir yendo’, contestó. - Para qué vas a seguir yendo, le dije. Aquí donde estoy trabajando no le quito nada a nadie”, expresa.

 

Durante ese hecho un individuo lo amenazó con un cuchillo. Marco cree que lo quería asesinar porque lo persiguió hasta la vivienda donde está desde el año 2016. “Mis hijos me detuvieron porque yo quería defenderme ante la amenaza. Lo que más temor le causa es que los agresores son del propio barrio donde él reside. Le repetí: ‘Lo que yo trabajo no va a ser para vos, y se fue. Esa es la situación que estoy viviendo. Me ha costado la separación, contratiempos y discusiones con mi esposa”, lamenta.

 

El segundo incidente en Guayaquil ocurrió hace un mes: “Estaba afuera de la casa, llegó un man con una pistola a decirme que éramos ‘sapos’ (sic); entonces, le dije que tenía que mirar muy bien, porque a mí no me gusta meterme en la vida de nadie, ni en la camisa de nadie. Cuando rastrilló la pistola le dije que lo haga en su casa, y me respondió: ‘No, lo hago donde me da la gana’. Entonces hablé con uno que dizque es el comandante de ellos. Le dije: ‘La otra vez hicieron unos disparos, casi le cae un tiro a mi esposa’. Son cosas que me tienen en zozobra. Peligran nuestras vidas. Por eso, acudo a los Derechos Humanos para que me brinden su apoyo. Ya no puedo vivir más así. Quiero irme de Guayaquil”, insiste.

 

Ambos incidentes han ocurrido cerca de la casa donde vive Marco: uno al frente y otro al pie de la vivienda. Comenta que es un grupo que controla todo el vecindario. Se movilizan en motos, que lanzan a la gente en sus actos violentos. Es una banda que agrupa a unas 40 personas, según el refugiado. Incluso asegura haber visto entre ellos a dos sujetos que conoció en Tumaco. Sucedió hace poco. También ha observado que hay chicos de entre 10 y 12 años, que andan hasta la madrugada con armas de fuego.

 

 

Nunca he pagado a ningún vacunador, cuando nos han querido extorsionar. Trabajo para mi familia, no para delincuentes. Me gusta trabajar, pero ahorita no puedo salir de casa. A nadie le hago daño y esto me está afectando. Quiero irme, porque en Guayaquil los malos están regados por todos lados y temo que me busquen para matarme, o terminen haciendo daño a mí familia”, concluye Marco, maestro albañil que es perseguido por la violencia, antes en Colombia y hoy en Guayaquil.

 

 

 

Entrevista sostenida el martes 2 de agosto del 2022, en Guayaquil, con el Director Ejecutivo del Comité Permanente para la Defensa de los Derechos Humanos, Billy Navarrete; y Fernando Bastias, del área de incidencia y legal del CDH.