Historia de la Red Comunitaria de Defensoras y Defensores de los Derechos Humanos y de la Naturaleza.

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La Red Comunitaria de Defensoras y Defensores de Derechos Humanos y de la Naturaleza nace en Guayaquil y Durán como una respuesta organizada de las comunidades frente a la exclusión, la violencia, la discriminación y el abandono histórico que han marcado la vida de los barrios populares. Su raíz se encuentra en procesos previos impulsados por el CDH, como las Aulas Abiertas en Derechos Humanos desarrolladas entre 2012 y 2015 junto a ACNUR y la Universidad Politécnica Salesiana, y en la creación de Puntos de Apoyo Comunitario en Derechos Humanos, que funcionaron como espacios seguros para la integración, la no discriminación, la orientación legal y la identificación de vulneraciones de derechos.

 

 

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En 2019, este proceso dio un salto organizativo con la formación y acreditación de lideresas y líderes comunitarios en derechos humanos, género, movilidad humana y protección comunitaria. Desde entonces, las y los defensores se convirtieron en referentes territoriales para la promoción, defensa y exigibilidad de derechos, articulando acciones en comunidades atravesadas por pobreza, racismo, xenofobia, violencia basada en género, desalojos, precarización laboral, falta de servicios básicos y presencia creciente de actores violentos. Las memorias de la Red plasmadas en documentos de sistematización recogen que alrededor de ochenta liderazgos fueron capacitados y que la primera promoción consolidó rutas comunitarias en movilidad humana, prevención de violencia sexual basada en género, salud y educación.

La Red se fortaleció no solo como espacio formativo, sino como una verdadera plataforma comunitaria de cuidado y respuesta ante crisis. Durante la pandemia de COVID-19, cuando Guayaquil fue reconocida como uno de los epicentros más dramáticos de la emergencia sanitaria, con saturación de servicios de salud y exceso de mortalidad, las defensoras y defensores asumieron un rol decisivo desde sus territorios. Organizaron brigadas de trabajo social, gestionaron alimentos, medicinas, oxígeno, fumigaciones, acompañamiento a familias, articulación con instituciones y documentación de vulneraciones de derechos. En medio del dolor, la Red sostuvo una convicción central, “cuidar la vida también es defender derechos”.

 

 

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Con el paso de los años, la Red fue ampliando su horizonte de lucha. A la defensa de la movilidad humana, la vivienda digna, la salud, la educación y la seguridad alimentaria, se sumaron con más fuerza la protección de niñas, niños, adolescentes y jóvenes, la prevención del reclutamiento por grupos violentos, la defensa de la naturaleza, el rechazo al racismo y la xenofobia, y la promoción de una cultura de paz. Este enfoque tiene plena vigencia en el contexto ecuatoriano actual, donde UNICEF ha advertido que el reclutamiento, uso y utilización de niñas, niños y adolescentes por bandas de delincuencia organizada nunca puede considerarse voluntario y constituye una grave vulneración de derechos1.

Uno de los aportes más significativos de la Red ha sido convertir los Puntos de Apoyo en Derechos Humanos en verdaderos espacios comunitarios de paz, cuidado, formación y protección. Lejos de ser únicamente lugares de reunión, estos puntos se consolidaron como “santuarios de paz” en barrios populares de Guayaquil, donde defensoras comunitarias, lideresas, familias y educadoras impulsaron acciones concretas para garantizar el derecho a la educación de niñas, niños y adolescentes refugiados, migrantes y de comunidades de acogida. En estos espacios se brindó apoyo pedagógico, refuerzo en lectoescritura, acompañamiento a familias, acceso a herramientas educativas, actividades lúdicas, culturales y extracurriculares, así como orientación frente a casos de vulneración de derechos. Esta experiencia demostró que la educación popular, cuando nace desde la comunidad, no solo reduce el rezago escolar, sino que fortalece la convivencia, combate la discriminación, vincula a las familias y se convierte en una estrategia concreta de prevención frente al reclutamiento y uso de niñas, niños y adolescentes por actores violentos. Por eso, los Puntos de Apoyo expresan una de las mayores fortalezas de la Red: construir protección comunitaria desde el afecto, los cuidados, la organización, la cultura de paz y la defensa cotidiana del derecho a una vida digna.

 

 

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La trayectoria de la Red también ha tenido reconocimiento público. En 2021, el CDH y la Red recibieron el Premio Iberoamericano de Educación en Derechos Humanos “Óscar Arnulfo Romero2”, otorgado por la OEI y Fundación SM, por la experiencia “Caja de Herramientas para la Educación no Formal de la Red de Defensoras y Defensores de los Derechos Humanos y de la Naturaleza”. Este reconocimiento confirmó que la Red no es únicamente una experiencia local, sino un modelo pedagógico y organizativo con valor regional, capaz de demostrar que la educación popular, la memoria comunitaria y la acción colectiva pueden convertirse en herramientas reales de transformación social.

En 2022, la Red reafirmó su identidad a través de una declaratoria colectiva que recogió el dolor vivido por la pandemia, la violencia, la discriminación, el racismo, la xenofobia, los desalojos y el despojo de derechos, pero también la decisión de transformar ese dolor en lucha por una vida digna. Desde allí se proyectó una visión política no partidista ni electoral, basada en la construcción de poder comunitario, la autonomía, la autogestión, la toma de decisiones colectivas y la articulación con otras luchas sociales. Esa apuesta se consolidó en encuentros organizativos posteriores, especialmente el I Encuentro de Fortalecimiento Organizativo de agosto de 2024, orientado a avanzar hacia una Red con mayor autonomía, gobernanza democrática, comisiones de trabajo y proyección como movimiento social comunitario de segundo grado en Guayaquil.

 

 

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A partir de 2024, la Red abrió una nueva etapa de fortalecimiento, autonomía y maduración política-organizativa. Este proceso no se construyó de manera aislada, sino a través del diálogo con otras experiencias históricas de lucha comunitaria, campesina y comunal por la defensa de la tierra y el territorio. En ese camino, la Red se nutrió del intercambio con la Unión de Organizaciones Tierra y Vida, que resiste en Durán frente a procesos de despojo y exclusión territorial, y con la Comuna Ancestral de Engabao, referente de resistencia comunal frente a amenazas contra sus tierras ancestrales. Estos encuentros permitieron que las defensoras y defensores comunitarios reconozcan que la lucha por los derechos humanos en los barrios populares está profundamente conectada con la defensa de la tierra, la naturaleza, la memoria colectiva y la autodeterminación de los pueblos y comunidades.

Esa acumulación de aprendizajes se concretó en el I Encuentro de Fortalecimiento Organizativo de la Red Comunitaria, realizado en Playas en agosto de 2024, donde se sistematizó una primera ruta de fortalecimiento y autonomía organizativa. Allí, la Red discutió su recorrido histórico, sus vertientes de participación, su sentido político no partidista, sus mecanismos de coordinación y su aspiración de constituirse como un movimiento social comunitario de segundo grado, con capacidad de articular diversas luchas territoriales en Guayaquil y la provincia del Guayas. Los documentos internos recogen que este encuentro buscó consolidar una estrategia política y organizativa para avanzar hacia la autonomía, la autogestión y la construcción de una coordinación colectiva desde las propias comunidades.

 

 

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Durante 2025, este plan fue revisado, enriquecido y mejorado a partir de la experiencia acumulada en territorio. La Red avanzó en la reflexión sobre su estructura interna, la necesidad de fortalecer comisiones de trabajo, vocerías, mecanismos de comunicación, sostenibilidad, formación política y protección integral de sus integrantes. En ese mismo año se desarrolló la Tercera Escuela Comunitaria de Defensoras y Defensores, reafirmando la formación como columna vertebral del proceso organizativo. Esta tercera escuela permitió renovar liderazgos, incorporar con mayor fuerza la participación juvenil y proyectar la educación popular en derechos humanos como una práctica permanente, no solo como un curso puntual.

En 2026, la Red ha dado un paso decisivo hacia la construcción colectiva de su gobernanza autónoma. A través de dos encuentros de trabajo, las y los defensores han empezado a definir mecanismos propios de toma de decisiones, criterios para la designación de una coordinación horizontal, formas de representación territorial y principios de funcionamiento democrático. Este proceso busca evitar liderazgos concentrados, fortalecer la participación de mujeres, jóvenes, comunidades afrodescendientes, sectores populares y defensores de la naturaleza, y consolidar una estructura capaz de responder a los desafíos actuales sin perder su raíz comunitaria. La Red no solo quiere organizarse mejor: quiere gobernarse desde la confianza, la horizontalidad, la memoria de sus luchas y la legitimidad que le otorgan sus comunidades.

Hoy, la Red Comunitaria de Defensoras y Defensores de Derechos Humanos y de la Naturaleza se proyecta como una experiencia de referencia en organización comunitaria para la defensa de derechos, la prevención del reclutamiento de niñas, niños y adolescentes, la promoción de la cultura de paz, la no violencia y la lucha contra toda forma de discriminación.

Su camino demuestra que la protección comunitaria no nace únicamente de protocolos, sino de comunidades organizadas, formadas y capaces de sostener espacios seguros, culturales, educativos y solidarios en medio de contextos de violencia. Por ello, para 2026 se prevé que la Escuela Comunitaria de Defensoras y Defensores se consolide como una escuela anual, asegurando continuidad formativa, relevo generacional y fortalecimiento permanente de nuevos liderazgos populares comprometidos con la vida digna, la justicia social, la defensa de la naturaleza y la paz en los territorios.

 

Guayaqui, 16 junio 2026

 

 

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